
Ya no podía más, mi lucha parecía haber sido en vano. Tantos intentos y yo seguía ahí, de pie, cansado de tanto intentar y sin saber como debía continuar. Lo había intentado incontable número de veces sin resultado alguno. Me encontraba sin saber qué hacer. Estaba sin estar, era sin ser. Era el final de un largo trayecto, de una incansable lucha.
Sigo ahí, de frente a la puerta del destino sin saber cómo seguir. Agotado por tantos intentos, ahogándome en el sudor de mi esfuerzo, muriendo por las heridas de la batalla. La puerta no se abría ni se abriría aunque yo empujara. Estaba bloqueada, cerrada, algo o alguien obstruía mi paso para que no lograra cruzar. Llegué demasiado tarde, mi destino me dejó atrás. Tal vez éste no era el mío sino el de alguien más, tal vez me había equivocado, tendría que regresar y volver a empezar. No podía más, mi cuerpo ya no aguantaba el haber llegado de tan lejos y no poder avanzar más.
Encontrarme frente a la puerta del destino y no poderla cruzar era frustrante, doloroso. Sentí como mis fuerzas se esfumaron, todo llegó a su fin. Caí sin pensar en un día poderme volver a levantar. Estaba de frente a mi destino, tan cerca y tan lejos, tan distante y cercano. Mi cuerpo estaba ahí, a un solo paso mientras que mi mente se alejaba a millones de pasos por segundo. Me quede de rodillas hecho un cadáver, como uno de esos vivos que deambulan por la vida sin vivirla.
Un hombre pasó a mi lado, me observó por un segundo y prosiguió. Se encontró frente a la puerta del destino, la jaló y ésta se abrió sin oponer resistencia. Sin esfuerzo alguno el hombre entró, realizó sus pagos y salió por la misma puerta por la que había entrado. Yo me quedé ahí, de rodillas frente a las puertas del HSBC siendo observado por la gente que pasaba. Meditaba el cómo no había leído el pequeño letrero de JALE.
"He llegado a ti, ahora ábrete"
Mario Ovies Gage