lunes, 20 de julio de 2009

"Beso final"


"Beso final"



Fue difícil desprendernos, el beso fue rápido pero sincero, expresó en ese roce todo lo que el uno sentía por el otro. No me dejó sentir nuevamente sus labios, tan solo me regalo su mejilla. Después, en tan solo segundos se separaron nuestras manos con el último rugido del tren. Había llegado la hora, el se iba, yo me quedaba. Todo había terminado, como para un árbol en otoño se desprende de sus hojas para ver llegar al invierno con la diferencia que para este no llegaría la primavera. El tren comenzaba a exhalar, despidiéndose de los presentes con una espesa cortina de humo proveniente del infierno en su interior. Los pasajeros desfilaban en su interior, en una danza sin ritmo, en busca de un lugar, un lugar cualquiera, de preferencia junto a una ventana. Todos iban igual, la misma mirada, el mismo uniforme, misma moral, misma desesperanza. Ahí lo vería por ultima vez de esa manera, con la mano recargada en la ventanilla en señal de despedida, con una mirada perdida, llena de miedo, bañada de lágrimas, cubierta de muerte. Miraba sin ver, me observaba, observaba a su madre, a su gente, al viejo anden, su pueblo, su vida que se iba a la velocidad del tren, ahora lo único que lo movía era la combustión del carbón, la energía producida para llevar a la locomotora por las rieles a un lugar distante.

Así fue como lo vi por última vez en vida, muerto antes de tiempo, contemplando a la vida siendo ajeno a ella. Un beso en la mejilla fue la despedida, sin más que decir el se había ido, mis palabras de aliento poco hicieron, fueron como el viento, pasaron. Su ilusión era la boda, su ilusión era yo. Ahora todo le era indiferente, todo se lo habían arrebatado, su hogar, su nueva familia. Los constantes bombardeos acababan con la vida de todos, se robaban su felicidad, incineraban la tranquilidad, pulverizaban la alegría. Ahora marchaba hacia una muerte segura, sin esperanza alguna de algo mejor, sin sueños o ilusiones que lo acompañaran en el difícil recorrido, añorando morir que a vivir así.

Su madre aun vestía de luto, como la mayoría de las mujeres en la ciudad lo hacían, caminaba despacio, triste, desolada, sin mayor esperanza que la de su hijo. Vivía en un mundo desalentador, obscuro, de trampas y muerte. No aspiraba a la venganza con la que tanto soñaba su hijo motivándolo a marchar al campo de batalla, ni tampoco a la redención que tantos buscaban al huir del país o encerrándose en los monasterios y conventos. Ya no pensaba en nada de eso, no le quedaba nada en vida, la última razón que alimentaba a su llama marchaba en tren a su última parada. Ella esperaría a la muerte, tejiendo o cocinando, escuchando la radio o alimentando a su gato, esperaría a que algún misil alcanzara su morada, que las llamas de un incendio la devoraran o que simplemente la vejez o la locura la alcanzaran. Ya no deseaba más que eso, no esperaría a su hijo pues sabía que no lo volvería a ver jamás, moriría sola, sola con sus recuerdos, con sus ideas y sus pensamientos, lo demás la había dejado atrás. Caminaba despacio, yo la seguía a unos cuantos pasos de distancia, no hablábamos, contemplábamos la desgracia que nos rodeaba, dejando caer lagrimas de soledad.

A mi alrededor el mundo cambiaba, un lejano esplendor deslumbraba lo que ahora estaba cubierto por la niebla de guerra. Yo hacía la diferencia, mi enorme sonrisa y blanco vestido contrastaban con el desolador paisaje, las calles vacías con la emoción que corría por mis venas. Yo esperaba a mi amado, la ciudad, con sus calles desiertas, sus locales saqueados, sus casas y edificios arrasados, no esperaban nada más que el olvido. Los carruajes yacían destrozados en las avenidas, las hierbas crecían por las antes transcurridas calles, el antiguo murmullo de la gente ahora era ocupado por las sirenas de alarma y los gritos ahogados de los que huían. Todo había cambiado en cuestión de meses, la gran capital, de la que tantos nos sentíamos orgullosos ahora se encuentra en ruinas, en escombros de vidas pasadas, monumentos del lamento humano, de su odio, de sus pasiones, repletos de muerte y sufrimiento. Lo que antes había sido una joya de la humanidad, ahora era un rincón de escoria.

Pronto llegaríamos a casa, o lo que podríamos denominar así. La estación no quedaba muy lejos, a unos cuantos minutos a pie. Las mujeres solían caminar acompañadas, por alguno de sus hijos, hermanos o de sus esposos, pero los tiempos cambian, lo que antiguamente había sido una villa tranquila ahora era un nido de ratas. Caminábamos despacio, como si el conocimiento de esto nos volviera intocable, un grupo de hombres se nos aproximaba. La madre de mi amado siguió como si nada, igual hice yo. La mujer tomó su bolso, sacando de el un revolver cargándolo a la vista de todos. De nuevo nos encontramos solos por el camino que llevaba a las granjas, faltaba poco para llegar, se comenzaba a ver el lejano humo de la guerra en los campos, y el cercano humo de la guerra en la ciudad. El campo a diferencia de esta se encontraba lleno de vida, gente que huía de la ciudad se refugiaba en las granjas, en busca de un lugar mas natural para pasar sus últimos días, como en todo, era vaga la esperanza de vivir un poco más.

La mujer dejó su bolso en un sillón al entrar en la casa, encendió la radio y marcho a la cocina. Tomé asiento, después de todo el recorrido, aun no podía dejar de contemplar a la sombra de lo que había sido una gran mujer. Demacrada, con el pelo desarreglado y la ropa sucia, en algunas partes rota. La casa estaba en silencio, seguía ordenada, pero en completa agonía, las risas, la alegría, todas ausentes desde hacía tiempo, solo quedaba la pequeña veladora y la radio, una alumbraba la habitación y la otra enumeraba las constantes muertes, derrotas, invasiones, bombardeos y tantas cosas más. Era un mundo desalentador, no se escuchaba ninguna nota feliz, esperanzadora o tan siquiera positiva, cada una era peor que la anterior, todos escuchaban sin esperar algún cambio, todos se encontraban igual, igual que esa mujer en la cocina, antes alegre, antes bella, ahora una sombra de aquel pasado. Yo sin embargo, me encuentro contenta, es extraño decirlo, pero en mi no hay dolor alguno, ni por la partida de mi ser amado, o por la muerte de familiares y seres queridos. Yo me encuentro aquí, de pie, con mi vestido de blanco, espero el regreso de mi amado, el tan añorado reencuentro. Espero con ansias el día en que por fin se concluya nuestra boda, el dia en que una sirena no interrumpa la marcha nupcial, tanto desearía que el se encontrara a mi lado en el momento en que el techo se desplomó. Que lástima que su madre se encontrara arreglándole el traje en el atrio de la iglesia cuando paso el avión. Es por eso, que aquella mujer escucha la radio en espera de noticias de su hijo que marcho a la guerra para vengar a su amada y así por fin reencontrarse en el altar para dar el beso final.


"Despues de tanto sin escribir, por fin logré vencer esta tan prolongada sequía inspiracional." Mario Ovies Gage


5 comentarios:

mariana dijo...

obiii bobiii!!!! te juro que me encanto....despues del mío este es mi favorito jajajajajaja :) sigue así!

Juan Pablo Galicia dijo...

Qué bueno que regresaste a las andadas. Me gustó esta historia. Ve por más.

Ponxo dijo...

Magnífico. Felicidades por el regreso ;)

Valkeiser dijo...

Como siempre, una buena lectura resultado de tus escritos.
La historia es buena, tierna, entretenida, envolvente. El manejo de contrastes, la combinación de emociones y, como siempre, un claro toque optimista.
El final fue de mi agrado, de toque retorcido e inesperado.
No hay mucho que decir, mas que... No sigas así, sé mejor.

Bettina dijo...

wow, es muy buena me encanto Mario! sigue así :)