miércoles, 24 de octubre de 2012

Caperucita Roja contra los aliens


"Caperucita Roja contra los aliens"
Capítulo 1




Les contaré una historia que pasó hace no mucho. Fue en un país como el nuestro, grande, bonito y con gente que decía quererlo mucho pero no hacía nada por él.  De ese país que les hablo era la caperucita roja.
-¿La conocen, verdad? Esa niña que vivía en el bosque y que en el camino se topaba con un lobo, que luego se come a su abuelita y todo eso. Si se acuerdan, yo lo sé, y si no se acuerda vayan a que les cuente su mamá la historia, porque yo les voy a contar lo que pasó después.

No habían pasado muchos días del incidente cuando la mamá de la caperucita se dio cuenta de que algo no andaba bien. Su hija no quería salir de la casa, no se acercaba a puertas ni ventanas y cuando escuchaba un aullido se ponía  a llorar. Su madre, preocupada por lo que sucedía, consultó al cazador.

El cazador era un hombre de ciudad que en sus vacaciones se dedicaba a la cacería, le comentó a la mamá de la caperucita de un hospital psiquiátrico donde habían llevado a conocidos que en algún momento fueron atacados por animales. La mamá de la caperucita pensó que esa debía ser la mejor opción, tomó el teléfono que le ofreció el cazador y llamó. A la mañana siguiente, muy temprano, llegaron dos enfermeros grandes y fuertes junto con una pequeña mujer peligrosa que se identificó como la doctora.

La pequeña mujercilla, de mirada profunda y penetrante, analizó por horas a la caperucita, mientras que ella, asustada, observaba a los musculosos enfermeros sin mover la mirada. El diagnostico tardó en llegar pero fue contundente. En palabras que la mamá de caperucita pudiera entender su hija estaba loca.
Con el consentimiento de su madre los dos enfermeros tomaron a la caperucita de los brazos y se la llevaron. Su madre lloraba mientras la doctora le decía que era lo mejor.
Pasaron varios años y un buen día la doctora decidió que era momento de dejar salir a la caperucita. La niña estaba curada, comía, se acercaba a puertas y ventanas, hasta podía escuchar aullidos sin ponerse a llorar. La doctora había cumplido con su misión y devolvió a la caperucita sana y salva a casa.

Cuando Ricardo y Bernardo, los dos musculosos enfermeros de los que la caperucita se había hecho gran amiga la dejaron bajar, se dio cuenta que algo había cambiado. Su casita lucía abandonada; de las macetas donde antes yacían flores de colores crecía hierba sin control, las ventanas estaban rotas y cubiertas por telarañas. La sillita donde solía mecerse por las tardes estaba despintada y algunas astillas le saltaban. Además de que del bosque que años atrás rodeaba a la casa no quedaba nada, habían edificios, un Oxxo (si, también ahí hay Oxxos), un centro comercial, botes de basura, espectaculares y donde solía correr un riachuelo había una súper avenida donde circulaban muchos coches.

La caperucita no tenía palabras, los dos enfermeros se despidieron, subieron a la ambulancia y marcharon de vuelta al psiquiátrico. La caperucita comprendió entonces que en su ausencia todo había cambiado. Empezando por ella que ya no era una niña, ahora era una mujer. Su rubia cabellera le salía por los lados de la caperuza  que la doctora Samanta le había regalado, su blusa blanca que contrastaba con el rojo de su capa le quedaba corta y dejaba al aire su obligo y las caderas además de que sus pechos lucían apretados por lo pequeño de ésta. Sus shorts eran la misma historia, le quedaban cortos con lo mucho que le habían crecido las piernas.

La explicación era que su mamá llevaba años sin enviarle ropa nueva, o alguna carta, o algun pequeño regalito, su abuela era la única que se acordaba de ella, pero también hacía mucho tiempo que no le enviaba algo de su talla, así que vivía de lo que le regalaba Samanta, que era lo que otras pacientes iban dejando. Bernardo no se quejaba de su apariencia ni de su forma de vestir, solía verla de reojo y sonreír, lo que causaba el enojo de la doctora, con Ricardo era distinto ya que el solía ver de esa manera sólo a Bernardo.

Caperucita se acercó a la puerta y tocó, la puerta crujió y se terminó de abrir. La casa estaba vacía, no quedaban muchos muebles, había mucho polvo, pero sobre todo, obscuridad. Su casita nunca había estado obscura, fue a la ventana más cercana y corrió las cortinas. En lugar de que entrara un fuerte rayo de sol una tenue lucecilla la acarició.

Desde donde antes solía verse el bosque, vio el patio trasero de unos apartamentos, ropa colgada, contenedores de basura y una rata gorda comiéndose los restos de una paloma.

La caperucita tomó aire y pensó lógicamente, como adulto, algo que le enseñaron a hacer en el psiquiátrico. No debía ser como el señor Cojines que corría como loco cuando sentía miedo y destruía cuanto cojín se topara, ni debía ser como esa niñita que no comía ni se acercaba a puertas o ventanas, o que al escuchar un aullido lloraba.

La caperucita era una mujer sana, que pensaba lógicamente, cerró la cortina y exploró la casa. Cuando llegó a la conclusión de que hacía años de que ahí no viviera nadie la caperucita salió en busca de la casa de su abuela.

Salió de la casa, respiró profundo y comenzó el viaje. De vez en cuando le daban permiso para que saliera del psiquiátrico, así que supo fácilmente moverse por los nuevos caminos que habían sustituido al pequeño camino empedrado del bosque.

El lugar tenía ciertas semejanzas con lo que había sido, en lugar de los altos pinos que tapaban el sol estaban los grandes edificios, en lugar de hojas caídas estaban las bolsas de basura y pequeños papeles, en lugar del humo de una fogata distante se veían los gases contaminantes que emanaba una fábrica.

No muy lejos se encontró el riachuelo, donde más que agua había basura y lodo, en lugar de peces, latas y  de ranas, pañales usados. Las viejas botas que en uno de sus cumpleaños le regaló la señora Karla, una ancianita a la que nunca pudo convencer de que era niña y no un niño como ella pensaba, le sirvieron para cruzarlo sin tener que meditarlo.

Después de dos o tres callejones y otra gran avenida llegó a donde antes de encontraba la cabaña de su abuelita. El lugar mantenía la esencia, pero igual había cambiado. Ignorando el hecho de que antes la cabaña de su abuela habría sido digna de ser una postal, la fachada del nuevo edificio seguía siendo la misma. “Casa de descanso el viejito feliz” era lo que decía un enorme espectacular a un lado de la entrada.

Sin esperar nada la caperucita entró al lugar y preguntó a una enfermera por la antigua dueña del lugar. La enfermera, llamada Teresa como decía su gafete,  la guio alegremente por la casa platicándole que hacía años nadie visitaba a la señora. Al llegar a la puerta de la que debía ser su habitación Teresa preguntó por la relación que tenía con la ancianita, cuando la caperucita le dijo que era su abuelita Teresa palideció. La enfermera abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar antes de marcharse.

Por un momento la caperucita roja quedó tan pálida como lo había estado la enfermera. La habitación era la misma, vinieron rápidamente a su mente imágenes que había borrado con tanto trabajo. Sangre por todas partes, la mesita tirada y los restos del lobo a un lado, el animal se encontraba abierto del estómago y con la cabeza destrozada donde le habían dado el escopetazo  con los restos regados por la habitación y algunos pegados en el techo.

Caperucita respiró profundamente, una y otra vez, la habitación estaba limpia, habían toallas en la mesita de noche, una televisión pequeña encendida mostrando alguna novela mala del canal local (¿cómo lo sé? Fácilmente identificable por las pésimas actuaciones y tan falsos diálogos), en el centro de la habitación, en una cama eléctrica con rueditas y diez mil tubos conectados que llevaban a líquidos de colores exóticos se encontraba su abuelita.
-¡Caperucita! exclamó fuertemente, ¿has venido a visitarme? ¿trajiste las galletitas y panecillos que me preparó tu madre?-
La alegría que había provocado en ella el que su abuelita la reconociera se perdió junto con sus palabras. En el psiquiátrico había muchas personas como ella, que lentamente lo iban olvidando todo.

En ese momento regresó la enfermera, tomó la mano de la caperucita y le dijo lo mucho que lo sentía. Hacía diez años que su abuela había fundado la casa de retiro y no mucho después comenzó a sufrir el Alzheimer. La enfermera se compadeció de la caperucita y tras darle un abrazo le dijo que alguien la quería ver. Se quedaron un momento ahí, la caperucita abrazó a su abuelita y le dijo que luego le daría las galletas, la viejita le dio las gracias, volteó a ver su novela y ahí se perdió.

Salieron de la habitación sin despedirse, al llegar a la recepción se encontraron con un hombre mayor, de pelo canoso, muy obeso, que se encontraba sentado en una silla de ruedas ya que le faltaban las piernas. No hubo signo de sorpresa en el rostro de la caperucita cuando se enteró que aquel hombre sentado frente a ella había sido el cazador que en su niñez le salvó la vida. El hombre le pidió a la enfermera si los podía dejar a solas, una vez que Teresa regresó a cumplir con sus obligaciones el cazador contó su historia.

Cuando la caperucita se marchó al psiquiátrico, su madre se dio cuenta de que la pensión que le pagaba su ex esposo no sería suficiente, así que comenzó a trabajar. Un empleo no fue suficiente, así que por las noches lavaba la ropa de  las familias de los nuevos edificios que comenzaban a construir en la zona. Aun así el dinero que ganaba no fue suficiente para pagar los medicamentos y la estancia de la caperucita en el psiquiátrico, fue entonces cuando a su abuela se le ocurrió la idea de convertir en asilo su cabaña.

Los primeros años les fue bien, hasta se daban el lujo de enviarle regalos regularmente a la caperucita y su madre pudo dejar de trabajar por las noches.  Pero cuando todo parecía mejorar, la mamá de la caperucita comenzó a sentirse mal, primero pensaba que era la tristeza  de estar lejos de su hija, así fue como comenzó a visitar al cazador para que la consolara. Llegó un día en que ni sus constantes visitas fueron suficientes así que decidió visitar al doctor. La pesadilla comenzó en ese momento, cuando le diagnosticaron cáncer. La mamá de la caperucita luchó contra todo, para pagar los gastos de su hija, para cuidar a su madre que poco a poco lo olvidaba todo y pagar el tratamiento contra el cáncer. No duró mucho  y un día su espíritu de lucha se apagó.

El cazador le explicó a la caperucita que su madre había dejado todo lo que tenía a su nombre, además de que sus ahorros más el seguro de vida servirían para seguir pagando su estancia en el psiquiátrico hasta el día en que se curara. Su madre le pidió a todos guardar el secreto, y tan bien lo hicieron que en el psiquiátrico nadie se enteró.

El hombre se aproximó a la caperucita y le ofreció todo su apoyo, pero en sus ojos lo único que vio fue otra cosa, le recordaban las miradas de algunos enfermos peligrosos hacia las enfermeras o hacia ella. Le agradeció de buena forma al cazador, pero le dijo que ella podía valerse por si misma. En la cara del hombre se asomó la decepción, pero supo guardársela, le ofreció el número de cuenta de su madre, como sacar el dinero y una cantidad en efectivo y mencionó que siempre que necesitara algo podía irlo a visitar, cerró la conversación con una sonrisa que dejaba claramente ver lo que pensaba.

Caperucita se despidió del cazador y de Teresa, pasó a darle un beso a su abuela y luego salió para enfrentarse al mundo.

Esa noche durmió en su antigua habitación, en el suelo, ya que el colchón lo tuvo que sacar ya que era un nido de ratas. A la mañana siguiente, muy temprano, fue al banco donde vio que el dinero dejado por su madre le bastaría para vivir bien por un tiempo, pero tendría que manejarlo bien y conseguir un trabajo, así que no se quedó quieta y siguió con su plan.

Primero se dedicó a comprar ropa, descubrió entonces que una parte de ella tenía eso que tanto salía en la tele, le encantaba comprar, eso lo descubrió al utilizar por primera vez la tarjeta de crédito. Se compró pantalones de mezclilla, mientras más rotos y deslavados mejor. Luego una serie de blusas nuevas, optando por llevar puesta una blusa rosa pequeña del mismo tamaño que la anterior con  la leyenda “Bad girl”.

Se compró una bolsa, una mochila, maquillaje, una que otra chuchería y un perfume exótico, pero, lo que al final encontró la dejó cautivada. Era un suéter, tenía bolsitas laterales donde guardar las manos y una capucha, pero lo mejor es que era roja, era perfecta. No compró uno, ni dos, sino todos los que había en existencia. Guardó en su mochila la antigua caperuza y se puso su nuevo suéter, no podía ser más feliz, o eso pensaba.

Por último paseó toda la plaza en busca de algo. En sus años en el psiquiátrico, sólo una vez conoció el amor, era un muchacho que trabajaba en una panadería cercana. Desde la primera vez que se vieron hubo algo y luego otro algo y así hasta que la caperucita no dejaba de pensar en él. Un día la caperucita hizo algo que nunca hacía, se peinó, se maquilló, se arregló de pies a cabeza. Samanta la ayudó y una vez lista salió en busca del enamorado. Se encontraron en el lugar de costumbre, ella lo recibió con un beso, ese día la caperucita se lo devoraría (la caperucita feliz río para sus adentros).  Pero algo no salió bien, o estaba fuera de lugar. El aliento del muchacho apestaba, era a alcohol, del barato, del que tomaban los guardias del hospital en los festivos y parecía que estaba bañado en él. El beso pasó a ser una mordida, mientras que sus uñas la lastimaban, luego, por la fuerza, le rompió la blusa.

La niña no se dejó, dio un rodillazo por lo bajo y luego de un ganchazo lo tumbó, las clases de defensa personal sirvieron de maravilla, caperucita corrió pero el muchacho la logró agarrar por el pie y tirarla al suelo. El golpe la atontó pero no lo suficiente, una patada en el rostro bastó para noquearlo.

Al enterarse Ricardo, quien guardaba demasiados secretos sobre su persona, le enseñó a la caperucita a usar armas para poderse defender en un futuro. A partir de ese día, Ricardo la inscribió a un curso de esgrima además de las clases regulares de defensa personal que comprendían varias artes marciales y estilos de lucha. Por las noches le enseñó a disparar, a lanzar cuchillos y le regaló un muñeco de trapo para practicar, mientras que de día pasaba horas en el gimnasio. Años pasaron para que un día Ricardo le regalara una vieja espada a la que ninguno de sus muñecos de trapo sobrevivió.

Eso era el algo que buscaba y lo encontró en una vieja casa de empeños. Cuando la vio en el mostrador supo que era lo que buscaba, supo inmediatamente que debía ser suya, era antigua pero su filo era excepcional. Cunado la pagó, sacó un cuchillo de su bolsa y a pesar e los gritos del dueño de la casa de empeños escribió en la funda “Lobo feroz”.

Las siguientes semanas fueron extrañas, en los noticieros hablaban de extrañas luces en el cielo y de gente desaparecida. Pero caperucita no tenía tiempo de fijarse, consiguió un empleo de medio tiempo en una cafetería cercana (empleo mal pagado, sin prestaciones, que por alguna reforma de un mal gobierno se permitió), mientras remodelaba su casa.

Pintó, barrió, sacudió, compró muebles y poco a poco se fue haciendo de una pequeña armería, su hobby consistió en conseguir armas filosas, armas de todo tipo, tamaño y forma para así decorar su sótano. Una vez que estuvo lista la casa descansó. Antes de acostarse a dormir esa noche se acercó al espejo, algo le faltaba en su nueva vida, y la conclusión fue que nada le faltaba, sino que algo le sobraba. Cogió un cuchillo y se cortó el cabello.

La mañana siguiente no llegó, un grito despertó a la caperucita y un disparo la hizo salir de la cama.  Salió corriendo de la casa, lo primero que vio fue un cuerpo calcinado y frente a él, una extraña creatura. No se lo pensó dos veces, alzo la pierna, cogió el cuchillo que tenía en el tobillo y se lo lanzó a la creatura. Ésta cayó muerta.

Caperucita suspiró. No era el único, decenas de creaturas que se encontraban en la calle voltearon a ver a su compañero muerto, y eso no era lo peor, el cielo estaba repleto de naves, caperucita volvió a suspirar, y mirando a la distancia exclamó.
-Abuelita- 

sábado, 2 de junio de 2012

Juego de niños: las canicas.

Juego de niños: las canicas.



-Fue como un juego de niños- Dijo el sujeto antes de colgar su teléfono. No solía hacer ésta clase de cosas, pero la situación lo ameritaba.

Era mediodía, la estación estaba fuertemente iluminada por el sol de verano. Los trenes iban y venían, al igual que las personas que viajaban en ellos. Cogió su portafolios y se dispuso a marchar. Su rostro estaba marcado por las malas noches, la barba crecida, la ropa sucia y con el olor de llevarla varios días puesta, además de cerveza derramada en algún bar y todo el humo del cigarro de varias cajetillas. Ya se iba, cuando se fijó que una pequeña niña lo observaba.

De ojos verdes, muy verdes, con un vestido de colores. De blusa verde a juego con sus ojos, con una faldita café sujeta por tirantes con unos zapatos cafés y unos calcetines verdes. Parecía una muñeca de porcelana. De alguna parte se le hizo conocida al sujeto, pero no tenía tiempo de averiguarlo.
-Señor, ¿me devuelve mis canicas?- No le contestó de momento.

Minutos antes


-Lo siento- No vio a quien se las quitaba, únicamente sabía que era lo que necesitaba. ¿Qué mejor para un accidente que eso? Era una pequeña bolsita con la cantidad de canicas necesarias para lo que se disponía, los padres de la niña compraban los boletos mientras la pequeña jugaba con ellas, una vez que las guardó solamente tenía que arrebatárselas.

No corrió a pesar de los gritos de la niña, tenía todo calculado, no tenía porque apurarse. Bajó las escaleras de la zona de casetas de pago para dirigirse a la zona de trenes, sabía exactamente donde se bajaría, sólo era cuestión de asustarlo, si lo mataba, el pago sería mayor. Soltó unas cuantas canicas y se dio la vuelta. Subió las escaleras y cruzó uno de los puentes que llevaba al otro lado. Una vez arriba esperó.

Joseph Tallaham era de los que no obedecía a sus guardaespaldas, siempre caminaba por delante, así que ellos se veían obligados a hacer su trabajo de manera original. Ese día el tren llegó a la hora acordada en las pantallas y se detuvo en el lugar que lo tenía que hacerlo.

El cuarto vagón era en exclusiva de la empresa de Tallaham, así que el primero en salir fue Joseph. Fue su pie derecho el que lo llevó a resbalarse, sus piernas cayeron fuera del vagón y su cabeza se impactó con los escalones. Hubo un grito, y pronto se encontró rodeado.

Ya no quiso ver más, su trabajo estaba hecho. Tomó el teléfono y llamó a sus jefes.
-Ya está-
Estaban satisfechos, preguntaron si vivía.
-No estoy seguro-
Eso no les importaba, aun así le pagarían, si moría, sería mayor la paga.
-Fue como un juego de niños-
Ya no esperó más, cogió sus cosas y se fue. En ese momento fue cuando la vió.
-Señor, ¿me devuelve mis canicas?- No le contestó de momento.
Atrás de ella, lo que no había visto, era a dos guardias junto a los padres de la pequeña, quien alzó las manos señalándolo.
-Fue él, ahí tiene la bolsa-
No dijo nada, únicamente dejó caer la bolsa de las canicas.

Oficina de policía


-¿Quién diría que con unas canicas bastaría?- Preguntó al aire uno de los oficiales que había detenido al asesino.
-¿Sabías que llevaba cientos de atentados en su contra y ninguno lo había rasguñado?- Le contestó su compañero.
-Tenemos a un genio frente a nosotros. Comentó la secretaria que trabajaba con su rudimentaria máquina de escribir. A ver si ahora nos mejoran el presupuesto y me compran una de esas computadoras modernas-

Todos se quedaron contemplando al asesino, lo admiraban y al mismo tiempo le temían. No les costó mucho trabajo, cuando intentó correr se tropezó con el equipaje de una señora. Él no murió, pero así les fue más fácil capturarlo. Lo tenían amarrado a una silla en lo que llegaban los de federales.
-Sigo pensando que esto fue como un juego de niños, ¿no lo creen?-

miércoles, 19 de octubre de 2011

"Díalogos"


Díalogos

-¿Sabes? no tengo más ideas, no sé que podamos hacer, ¿tú lo sabes?-
-No lo sé, el de las ideas eres tú-
-No siempre se pueden tener buenas ideas,ya casi anochece y no me viene nada-
-¿Nada?, nada es demasiado, ¿de verdad?-
-De verdad-

Silencio entonces, la idea murió, la oportunidad yacía muerta.

-¿De verdad vas a pensar en eso? ¿hablas en serio?-
-Si, ¿por qué no?
-Porque ya va a anochecer, ya no te va a dar tiempo-

En el exterior, el día llegaba a su fin, en el interior, las sombras devoraban lentamente a la escasa luminosidad.Y aunque las sombras la alcanzaron, la sonrisa perduró ante la adversidad.

-Claro que puedo, lo he hecho antes-

El tiempo se agota. El reloj indica la hora, pronto llegará a su fin. Los últimos rayos solares dan la batalla final ante la obscuridad, pronto todo acabará.

-¿Sabes?- Le dijo una sombra a la otra. ¿Sabes lo que puedo hacer?-
-No sé, ya te lo he dicho, el de las ideas eres tú-
-¿Y si las ideas han muerto?-
-¿Por qué preguntas eso, por qué dices eso?-
-¿Qué nos queda, si todo se ha acabado? ¿qué nos queda si ya no hay esperanza? ¿qué nos queda si el último día está por llegar a su fin? Nos queda una cosa, dejar de existir, rendirnos por fin-
-¿Eso es lo  que has pensado?, despues de todo esto, ¿rendiros?-
-Si, llevamos mucho aquí, ya no queda nada, somos una sombra- Río de nuevo, una gran sonrisa se trazó en su rostro - éste era nuestro último día, y no pudimos hacer nada más, somos los útlimos, ya no queda luz, y la esperanza se va con ella-

El viejo Sol se ocultaba, exhalaba un último suspiro.

-Aun podemos retroceder-
-¿Retroceder, retroceder para qué? nada cambiará, cometeremos los mismos errores, ¡estamos muertos!, debimos estarlo desde hace tiempo, somos una sombra-
-Y somos una sombra, porque aun hay luz-
-Si, aun hay luz, pero ahí viene la obscuridad y con ella habrán sueños, ilusiones, pesadillas... Sombras, luces, contrastes.. Vida, muerte, y más obscuridad... ¿De qué sirve seguir?-
-De algo servirá, no nos podemos dar por vencidos, aunque venga una noche de total osbcuridad, mañana amanecera, saldrá nuevamente el Sol y con él tendremos una nueva oportunidad de cambiar al mundo-
-¿De verdad lo crees? y decías que yo era el de las ideas....-
-Para algo estoy yo aquí-
-Bueno, será una noche más-
Encendió un fósforo y con él una vieja vela.
-Hay luz de nuevo, mañana tendremos una nueva oportunidad-



"Ante la adversidad sólo nos queda luchar, 
con la esperanza de llegar a la luz"

El cuento de hoy, es para la reflexión
Mario Ovies Gage

miércoles, 12 de octubre de 2011

"A fairy tale"


 A fairy tale

El pequeño corrió por el inmenso laberinto, atrás de él, una sombra le daba alcance.

-¡Mamá. Mamá!- El grito quedó ahogado en una explosión de hojas, ramas rotas y crujidos. A lo lejos el padre del niño volteó a ver una parvada que se elevaba en el aire junto con los gritos de su hijo. Soltó las tijeras de jardín con las que arreglaba un rosal para correr en busca de su hijo.

A la sombra del gran caserón se extendía un inmenso laberinto de setos, en su interior, en el centro mismo de la construcción de hojas y ramas, se encontraba una hermosa fuente, con la cual uno se podía ubicar para salir.

El viejo jardinero conocía el lugar, pero encontrar a su hijo era distinto, podía estar en cualquier parte, después del primer grito, no volvió a escuchar nada.

-Damián, Damián, ¿dónde estás?- Corrió sin saber exactamente a donde iba, únicamente tenía en mente la imagen de las aves volando, pero podrían haber salido de cualquier parte, los setos eran lo suficientemente grandes para alojar varios nidos. La desesperación le hacía sudar, hiperventilaba.

Al dar una vuelta más, el hombre quedó paralizado y de momento no pudo hacer más que gritar el nombre de su hijo.

-¡Damián!- Escuchó Cinthia gritar a su esposo. La grave voz del jardinero rompió con el silencio de los jardines, la mujer salió de la casa a velocidad, había escuchado ruidos antes, pero al no escuchar nada más había seguido con lo suyo. Ahora era su esposo el que había gritado y al escuchar el nombre de su hijo, supuso que algo andaba mal, muy mal.

Siempre le había temido a al laberinto, llevaban poco trabajando ahí, los dueños les habían permitido traer a su hijo con tal de que cuidaran todo el tiempo de la casa, y así fue como un día se topó con el enorme laberinto verde, su marido solía darle forma, él lo conocía a la perfección, pero ella la única vez que había entrado se había perdido acabando en la fuente con la extraña mujer al centro.

Tuvo pesadillas, durante semanas, pero por suerte, siempre al final, la voz de Gonzalo la despertaba, con sus ojos verdes obscuro, con su bigote entrecano, su esposo la había rescatado de las sombras de ese infierno, con pasillos llenos de arañas y pequeños insectos, de búhos y ratones, al anochecer la encontraron, al anochecer la salvaron de la locura.
Ahora ella iba  en busca de su antes salvador, pero eso no la reconfortaba, el ir en su rescate únicamente le hacía pensar en mil cosas, ¿qué le habría pasado a su hijo, a su esposo? ¿qué habría pasado para que Gonzalo gritara así?

Corrió entre los pasillos, comenzaba a anochecer, aunque la luna ya estaba a medio recorrido, blanca, llena. Las sombras comenzaban a jugar con su mente, se dibujaban con formas macabras, formas que en sus pesadillas le habían estado atormentando, miradas ocultas entre las hojas la contemplaban pasar, no sabía a donde iba, pero algo en su interior la empujaba haciéndole creer que iba en la dirección correcta, una vuelta y luego otra, más hojas, más ramas, una araña, una flor entre las sombras, el sonido de los grillos.
Tropezó con una rama que sobresalía, alzó la mirada y ahí estaba.

El primer golpe lo derribó, quedó inconsciente por unos instantes, tal vez minutos, tal vez segundos, pero al recobrarse la luna estaba a medio recorrido y la noche ocupaba el lugar que le correspondía. Alzó la mirada y ahí estaba.

De cabellos obscuros, brillante ante los rayos del atardecer, de una mirada que desgarraba el alma, de dientes afilados, con unas inmensas alas, celestiales y demoníacas a la vez, era como en los libros de mitología que había encontrado en la biblioteca, era un hada, y no como la de los cuentos, sino como la de las pesadillas, era como la estatua en la fuente, era como la mujer del cuadro en la recámara principal, su sonrisa de ángel, su mirada demoníaca. No pudo más que gritar, implorándole a su madre que acudiera a salvarle.

Ahí estaba el cuerpo de su hijo, completamente destrozado, de las fauces de la bestia escurría brillante la sangre del pequeño.

-¡No!- Gritó prolongadamente la madre.

-¡Damián!-Volvió a gritar su padre. Pero ya era tarde, el cielo se nubló, y más creaturas cayeron del cielo, el fin del mundo todavía estaba lejos, pero para esos dos, el mundo terminó al ver a su hijo en las manos de la creatura angelical.


“Hay quienes tan solo quieren escuchar cuentos de hadas”


Para mi amiga Cinthia que fue su cumpleaños
y quería escuchar un cuento de hadas. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

La tienda de papalotes


-Papá, papá, quiero un papalote-

-Hijo- Contestó el papá algo irritado.

-Dale papá, mañana es mi cumple, quiero un papalote-

-Hijo, volvió a contestar el padre, ahora con un tono de tristeza en la voz, bien sabes que aquí no podemos volar papalotes-

-Papá, el tono del padre se vio reflejado en su hijo, pero tú siempre me has dicho que querer es poder, que el que persevera alcanza sus sueños, yo quiero volar un papalote, este año no quiero nada más, no quiero pastel, no quiero paseo, nada más quiero un papalote, como los que vuelan los niños en el computador-

-Pero hijo, y en ese momento supo que no podría continuar, el pequeño tenía razón, toda la vida lo había criado con la idea de ser mejor, de no rendirse, y de que si uno se esforzaba, todo lo que soñara lo podría alcanzar, bueno, mañana iremos a la tienda y a ver que encontramos-

Toda la noche no pudo dormir, la sonrisa de su hijo, la alegría con la que comentó durante la cena lo que haría con él, deseaba correr por la habitación, dormiría con él entre los brazos, imaginaría que corría por inmensos campos verdes mientras el viento acariciaba a su pequeño tesoro.

Temprano en la mañana el pequeño ya estaba ahí.

-¿Ya nos vamos?-

-Deja me arreglo, ¿ya estás listo?-

-No dormí papá, estuve viendo el amanecer-

-Ya sabes que no debes de hacer eso-

-Pero es mi cumpleaños papá, prometo no volverlo a hacer-

Salieron de la habitación, caminaron el túnel de compartimientos y salieron al túnel principal la luz del sol y de las estrellas iluminaban tenuemente la habitación. La temperatura era agradable, simulaba a una primavera tropical. Otras personas disfrutaban del gesto saliendo a caminar o tomando café a la puerta de sus compartimientos.

La tienda general no estaba muy lejos, y aunque sabía que no encontraría lo que buscaba por lo menos vería que podía comprar para armarlo.

-Anda ve, busca tu primero mientras yo veo unas cosas con el encargado- No necesitó respuesta, su hijo salió corriendo a buscar entre las estanterías.

-Hola Miguel, le dijo al encargado, un hombre unos cuantos años menor que él, necesito pedirte un favor-

-¿Qué se te ofrece? Ya sabes que lo que necesites, te debo una, y no una, si no las que quieras-

-Ah, ya te dije que olvides eso-

-¿Cómo quieres que lo olvide? Me salvaste de una grande, pero no es para que discutamos, ¿en qué te puedo ayudar?-

-Pues, dijo resignado, ya sabes que es el cumpleaños del pequeño, y pues, me pidió un papalote- Miguel río, pero casi al instante se contuvo.

- No puedo creer que lo vaya a decir, pero tengo justo lo que estás buscando-

-¿Qué? No me estás tomando el pelo, ¿verdad? Porque te juro que me voy a molestar-

-No, ¿cómo crees? Si lo tengo, de vez en cuando, algún pequeño lo pide o alguno que otro melancólico. En ocasiones las cosas más simples de nuestros pasados nos pueden hacer conseguir de nuevo una sonrisa, es un buen regalo en estos días-

-¿Lo puedo ver, está a la venta, me lo puedo llevar?-

-Sí, si y si, le contestó emocionado el vendedor, deja lo voy a buscar-

El padre recorrió la tienda buscando a su hijo y lo encontró al fondo, sentado en el suelo.

-¿Qué pasó pequeño?-

-Papá, te he defraudado a ti y a mami, no encontré el papalote- El pequeño se tragó su llanto, no lloraría frente a su padre, se limpió rápidamente las lágrimas.

-Ven acá- Lo atrajo con sus brazos y lo envolvió en ellos como nunca. Tu mamá nunca estaría decepcionada de lo que has logrado, al igual que yo, siempre estaremos muy orgullosos de ti. Guardó silencio y lo abrazó fuertemente, con todas las energías de las que fue capaz de transmitir.

-Vamos con Miguel, te tengo una sorpresa- La mirada del niño no cambió, se seguía sintiendo derrotado, las palabras de su padre todavía no surtían efecto pues aún le daban vueltas en su cabeza.

-¿Cómo sabes que no está decepcionada de mí?-

-Porque pensábamos igual, así que no te preocupes, estoy muy seguro de eso-

Caminaron tomados de la mano hacía la recepción donde Miguel se encontraba sosteniendo un papalote de colores obscuros.

-Le llamo la estrella danzante, sus colores se pierden en la inmensidad del espacio- Era negro, con pequeños puntos blancos y en el centro, el sol, deslumbrándolo todo.

-¡GUAU! exclamó el pequeño fascinado, ¡lo lograste papá!-

-¿Y a mí no me das gracias? Preguntó Miguel con fingida indignación, es una obra de arte, es un regalo al cosmos-

-Gracias Miguel- dijo sin desviar la mirada de su regalo, era un sueño hecho realidad, era lo que había estado soñando, por fin, su madre quedaría complacida.

-Ahora yo te debo una-, le dijo en voz baja al vendedor.

- Por la sonrisa de tu hijo puedo decir que estamos a mano, aunque no me quejaría de una de esas botellas que tienes en casa.

-Trato hecho-

Caminaron en silencio por el túnel norte, de camino al centro de la base, el pequeño nunca había estado ahí, pero en esos momentos no tenía ojos para otra cosa que no fuera su papalote.

-Entra hijo, le dijo al pequeño al ingresar un código en una puerta para un ala restringida, hoy disfrutaremos a lo grande-

En ese momento tuvo que quitar la mirada de su papalote, lo que tenía enfrente era de lo más maravilloso que había visto en sus recién cumplidos diez años, la Tierra dejaba ver el continente americano acariciado por la luz Solar, a lo lejos el astro iluminaba la habitación, rodeado de una infinita cantidad de estrellas, esa tarde el volaría su papalote en la habitación más grande de la base lunar, el encristalado dejaba ver dejaba ver el universo a todos aquellos que habían perdido a un ser querido, no muy lejos del pequeño se encontraba, sin saberlo él, la tumba de su madre, orgullosa hasta la muerte, de ser la primera en dar a luz fuera de la tierra.

“Nunca habrá límites para dejar volar el papalote

que es nuestra imaginación”

Para Gabriela Gómez, y su genial idea.

Noche en el orfanatorio

Un grito rompió el silencio de la noche. La encargada se levantó y salió corriendo de su habitación. La luz de la luna se colaba por una de las cortinas, más rota pero igual de vieja y sucia que las demás. Una rata se escabullo al ver a la mujer corriendo por el pasillo.

Las maderas crujían con el paso de la mujer, el polvo se levantaba en busca de un nuevo lugar para reposar. Las puertas de las habitaciones se entreabrían, miradas curiosas la seguían queriendo saber que sucedía.

Los gritos seguían, cada vez más fuertes, una luz al final del pasillo alumbraba el lugar, dejaba ver las paredes despintadas y viejos tubos corroídos por la humedad. Un gélido aire invernal se colaba por un agujero en la ventana. El cristal, tan sucio por los años de olvido, atenuaba la luz de la noche.

Un grito aún más intenso le indicó a la mujer que ya estaba cerca, era la habitación más alejada, cerca de los baños, de la cocina. Llegó y abrió la puerta.

-¿Qué pasó Lalo?-

El niño yacía en el suelo en una esquina de la habitación. Guardó silencio al ver a la mujer.

-¿Qué sucede? ¿ has tenido una pesadilla?

-No, no fue un sueño- Contestó el niño intentando contener el llanto.

-Entonces, ¿qué fue? Si fue una rata llamaré mañana a Valentino para que la mate, pero por el momento no puedo hacer nada, debes regresar a dormir-

El niño se le quedo viendo, tras tomar aire contestó

-No fue una rata señorita Mary, fue otra cosa-

La encargada al ver la cara de preocupación, se le acercó, ella no solía ser muy cariñosa con los pequeños, y menos con los nuevos, no le gustaba que creyeran que era débil, ellos sabían de esas cosas, sentían la debilidad. Pero algo en la mirada de eso pequeño le dijo que algo no andaba bien, algo en la mirada de ese pequeño del cual nada más sabía su nombre le decía que algo malo estaba por suceder.

-¿Entonces?

-Mis padres señorita Mary, mis padres- El gesto en el rostro de Mary cambió, que los nuevos soñaran con sus padres era de lo más común.

-Súbete a la cama, todo va a estar bien- guardó silencio un momento y se aproximó al niño, en lo que te acostumbras, dijo casi para sus adentros.

El rostro del niño seguía pálido, y se quedó ahí, sin moverse un milímetro.

-Mis padres vinieron, ellos están aquí-

-Fue un sueño Lalo, fue solo un sueño, en eso recordó y mencionó algo de lo que se arrepentiría para siempre, tus padres están muertos-

-Lo sé, dijo el pequeño con la mayor indiferencia, pero están ahí, dijo señalando hacía la puerta.

Mary volteó, y el grito que dio tuvo la suficiente fuerza para despertar a todo el edificio.


"Porque en ocasiones necesitamos de una idea"

Gracias a mi amigo Jorge.

lunes, 29 de agosto de 2011

Sin título # 2


Sin título # 2


Una noche sin luna, sin estrellas, sin sombras. Sangre en el suelo. Una noche sin viento, sin ruido de insectos, de coches, de ciudad, de vida. Una noche de un fuerte silbido en los oídos de la pequeña. El tiempo perdió todo sentido, toda lógica chorreaba del techo, donde restos del cráneo del extraño que acababa de matar a sus padres caían uno a uno.

La sangre era obscura, espesa, nunca había visto sangre, en su corta existencia nunca había visto el líquido vital, solía cerrar los ojos y llorar hasta que llegara alguno de sus padres para socorrerla cuando se raspaba, rasguñaba o lastimaba de alguna forma. Nadie acudió al llamado de su llanto, a su dolor, a su tristeza. El tiempo jugaba con su mente, y en venganza, ésta jugaba con ella. Quería salir de ahí, desaparecer. Quería que nada de eso hubiera pasado. ¿Podía volver a empezar? ¿Podía retroceder en el tiempo, en sus recuerdos, en esas imágenes que corrompían su inocencia? ¿A caso podría seguir viviendo?

Además del silbido penetrante había ruido a lo lejos. La luz de luna atravesó las cortinas empujada por una débil brisa, la habitación comenzó a colorearse. Una cama desecha, una mesita de noche sin su lámpara. El suelo contrastaba entre lozas blancas y el rojo obscuro de la sangre. Había gritos, pasos. Una mano cálida acaricio el rostro de la pequeña.

-No temas- Hubo paz. Paz momentánea. Paz en la mente de la pequeña. Todo estaría bien, esa voz se lo había insinuado, se lo había pedido, se lo había jurado.

Los pasos se escucharon con fuerza, un policía, luego dos, luego tres. Todos con armas, con chalecos con siglas únicamente reconocibles por el tenue rayo lunar. Con los rostros cubiertos, con miradas indiferentes, ojos acostumbrados a ver dolor.

Observaron la habitación cubierta de sangre, habían dos cuerpos, había una pequeña cubierta de la sangre de su madre que yacía inerte frente a ella, su pelo estaba revuelto, su blusa y shorts manchados de dolor, se aferraba con fuerza a sus piernas que abrazaba con locura, sus ojos rojos, reflejando el dolor de un corazón hecho añicos

"Hay historias que se cuentan con el alma,
otras que se cuentan con la razón
y otras, con el corazón"


Mario Ovies Gage

Sin título # 1


Sin título #1


El cielo se nubló, pronto llovería. Un automóvil rompió con el silencio, varias hojas pasaron tras él. Las primeras gotas comenzaron a caer cuando el hombre decidió no esperar más, se levantó, cargó el arma que sacó del bolsillo y cruzó la calle.

Una serie de pensamientos sin rumbo cruzaban por su mente, odio, ira, frustración, todos como cuchillas afiladas laceraban su alma. Un corazón roto movido por el alcohol controlaba sus piernas, impulsándolo a seguir adelante.

Abrió la reja y cruzó el jardín. El schnauzer que cuidaba la casa le ladró, el hombre lo volteó a ver, los ladridos se apagaron, hubo entendimiento y luego miedo, el perro comenzó a chillar, regresó sobre sus pasos y huyó en busca de escondite. Sin prisa prosiguió, caminó hacia la puerta.

Dio una patada, la puerta opuso resistencia, otra patada, saltaron astillas y la puerta cedió rendida ante la fuerza del golpe. Se escucharon pasos en la planta alta, el hombre quería ser escuchado.

-¿Quién está ahí?- gritó alguien desde la planta alta. Un hombre, de unos treinta o treinta y cinco años, con una lámpara en mano para golpear a quien se le apareciera bajaba las escaleras.

Ambos hombres se miraron. Antes del disparo el hombre soltó la lámpara, entregándose a la muerte sin oponer resistencia.

Se escuchó un grito, el hombre del revolver corrió escaleras arriba y de una patada tumbó la puerta. Sin haber visto lo que acababa de suceder, pero imaginándoselo, la mujer frente a él lloraba la muerte de su marido, tragándose un llanto que le hubiese llevado una vida en acallar. Llevaba unos pequeños shorts azul turquesa y una camisa holgada que debió pertenecer a su marido.

-No le hagas nada a ella- suspiró la mujer, tragándose nuevamente su llanto, no le daría lo que buscaba.

-No le haré nada- Dijo el sujeto al derramar una lágrima, cristalina y solitaria se resbaló por su rostro mientras alzaba el revólver, la lágrima cayó, disparó.

El nuevo grito provino del suelo, junto al cuerpo inerte de su madre una pequeña de pelo castaño y unos ojos claros de un verde intenso, iguales a los de la mujer, lloraba. Guardo silencio cuando el hombre se le aproximó.

El hombre se puso de rodillas frente al cuerpo, acomodó el rostro de la madre, le cerró los ojos y le besó la frente, la niña sollozó con más fuerza, ambos habían perdido al ser que más amaban a manos de la misma persona, pero aquella persona no viviría para contarlo.

El hombre se levantó, miró a los ojos a la pequeña, alzó el arma y con la promesa en la mirada se voló la cabeza.



"Hay cadenas que se deben romper,
porque quién somos nosotros
para imponerlas"

Mario Ovies Gage

lunes, 14 de marzo de 2011

"El problema"


El problema.


El problema son tus ojos, esos ojos lindos que me atrapan, los que no me dejan ir. Me tienen cautivo, me obligan a verlos, esos ojos claros, tenues y a la vez intensos. Ojos de contraste, mirada tímida, fuerte, penetrante, profunda como el mar, pasional como un volcán.

Ellos siempre serán el problema, tus ojos son los culpables, soy preso de esa mirada. Me volteas a ver con aquellos entes, silenciosos jueces de mi destino. Alzo la vista, nuestras miradas se cruzan, son tan distintas, una mortal, la otra divina, una es Sol, la otra luna, una es Mayúscula, la otra minúscula, una es montaña, la otra roca, una océano, la otra gota, árbol, hoja, organismo, célula, dos visiones del mundo.

Esa, tu mirada, es una droga, una de las no permitidas, y no por la sociedad, sino por mí mismo. No me permito el lujo, lo mortal no se enfrenta a lo divido, el creado no se opone al creador; eso en mi caso, no me permito ese lujo de verte a los ojos. Esos ojos claros, tan claros como el agua pura, cristalina, y el reflejo de la luna en ella, tenues, intensos, ojos bellos de contrastes, que cambian con el Sol, que cambian con la luna.

Mirada que se va con el tiempo, que se conmueve con las emociones. Mirada frágil y a la vez fuerte, que oprime y a la vez libera. Repito, no me permito el lujo de verte a los ojos, no soy digno de ellos, son un lujo caro, para un alma necesitada, son un lujo doloroso, para un alma en pena.

El problema, al final, es verte, ver esos ojos lindos, esos ojos claros que me tienen preso, que me tienen a su merced, que me tienen como planeta a su sol, como galaxia a universo, como peón a su reina, como rosa a rosal, como cubierto a vajilla.

El problema es, haberme enamorado.

“El problema fue, haberme enamorado de esos ojos claros,
claros como la luna, que se refleja en agua pura”

Mario Ovies Gage

jueves, 24 de febrero de 2011

"Columpiarse"

"Columpiarse"

Cruzó la calle, subió al columpio.

Columpio viejo, típico de parque.

Con los pies descalzos se impulsó, la arena se metió ente sus dedos.

Recuerdos que van y vienen, un vaivén, su cabello se mece, se columpia.

El chirrido del óxido, el viento en su rostro, como la caricia deseada.

Una sola persona se columpia, una sola.

Las hojas de los árboles se mecen, el viento las empuja.

Los pies toman vuelo, tocan la arena, se elevan.

Uñas delicadas, pintadas de color, se mezclan con la arena, la incontable arena.

Tomó vuelo, el chirrido sigue. Ella piensa, ella vuela.

Recuerda en el vaivén, viaja con el viento a la velocidad que se columpia.

Sueña con dar la vuelta, con esa falsa realidad.

Su mirada profunda, su mirada pérdida.

La noche disfraza su belleza, oculta sus temores, esconde sus tormentos.

Su cabello oculta el dolor de unos bellos ojos, una falsa sonrisa dibuja su rostro.

Una lágrima cae sobre la arena.

Otra la acompaña en su soledad.

Los fantasmas de la noche abandonan a la dama.

Una gigantesca sombra la acompaña, creada por un farol en la distancia.

El vaivén pierde fuerza, sus pies acarician la tierra.

Se detiene, descansa, respira.

La muchacha se levanta, es tarde, la luna sigue con su caminata nocturna. Una segunda lágrima en su rostro deja ver que todo sigue ahí. Un respiro fue, un descanso a un momento de dolor. Todo sigue en su lugar. Mañana volverá, a columpiarse en ese mismo lugar. Se impulsará y seguirá con su vaivén. Disfrutara del viento y de la soledad, disfrutando de un momento de paz, disfrutando del chirrido de un viejo columpio, bajo la luz de un farol en la distancia, mientras la luna, continúa con su ronda nocturna.


"La vida es un vaivén de ilusiones, de sueños,

la vida es un vaivén de columpio"

Mario Ovies Gage

viernes, 12 de noviembre de 2010

"Danza Nocturna"

"Danza Nocturna"


El único farol encendido le mostraba al mundo una calle repleta de silencios. Una ciudad sin vida, aplastada por su soberbia, por su egoísmo. El único farol lucha contra un mundo que no lo comprende, iluminando la obscuridad, una flama en medio de una tormenta de agonías. Los relámpagos le hacen compañía, están con ella ante la opresora obscuridad. El silencio rodea a ese único farol, intentando acallar al repiqueteo de su llama, llama solitaria ante la adversidad de un mundo intolerante.

El tiempo se agota, la lucha es inútil. La sociedad emite su veredicto final. La noche, el viento, la lluvia, todos luchan contra ella, la juzgan culpable de un delito inexistente. La obscuridad rodea a la disminuida flama. El farol protege a su inquilino, pero su fuerza es finita, su combustible se agota. La vida de la llama agoniza, acaricia a la muerte, se acerca a paso forzado a su fin.

Una calle repleta de silencios alberga a un inquilino incómodo, lo detesta, no lo puede tolerar. Lo reprime, lo acosa, intenta apagar su flama, congela su espíritu, destruye su realidad. El frío de la noche llega, hace acto de presencia tomando entre sus manos al farol, lo reclama como suyo. La flama languidece, la lucha la ha agotado, el frío la duerme, el único farol encendido deja de serlo, se une al resto. El silencio impera, el repiqueteo de la pequeña flama ha sido silenciado, la noche recupera el espacio perdido, la obscuridad reina.

Un sujeto camina, se detiene para observar al farol. Aun está caliente, la lucha persiste aunque la batalla está perdida. El hombre sonríe y tose. Asesina al silencio con su alarido. Calma al frío con su calor. Le declara la guerra a la noche, enciende una mecha, la acerca al farol. Este revive, la flama en su interior vuelve a brillar, la noche aúlla. El hombre vierte ahora más combustible, otorgándole más vitalidad a la llama, la obscuridad retrocede. Reinicia la batalla, aun hay esperanza.

El hombre se retira penetrando la obscuridad de la noche de camino al siguiente farol, asesinando al silencio con sus pasos, con el repiqueteo de las llamas, iluminando la obscuridad. La luz retorna, convirtiendo a la obscuridad en sombras. El sujeto trae nueva vida destronando a la noche. Las sombras reclaman lo perdido, la noche en su plenitud sufre las perdidas, el frío retrocede ante la calidez de las llamas. La luna se convierte en un complemento de una calle iluminada, las estrellas danzan distantes, ajenas a aquella realidad. Las flamas siguen el compás, se mueven en sus faroles, le cantan a la noche, a la luna, a las estrellas, a las sombras, a la obscuridad. Es un ritual, un duelo a muerte, una batalla por la vida. Cantan en una calle iluminada, en una ciudad de luces y sombras, bajo una luna llena rodeada de estrellas. Las risas expulsan al silencio, su canto calienta a la noche fría. La noche obscura se ilumina, danzan los contrastes, la luna sigue su camino, la noche vive.



“Estrellas que danzan al compás de la noche”
Mario Ovies Gage

jueves, 11 de noviembre de 2010

"Descripción"



Descripción









El aroma me detuvo. La caricia de un ángel delineó mi rostro. Me atrapó en sus garras, me sedujo, me cautivó. Fui presa fácil de tal encanto. Era el depredador perfecto, no pude zafarme de tal fuerza de atracción. La miré. El aroma pasa a segundo plano, era lo de menos. Trate de entender lo que mis ojos luchaban por ver. De mirada perdida, de pelo castaño, figura perfecta, musa de musas, divina entre las demás.

¡Oh mortal qué me atreví a mirarle! ¿Quién era yo? Me dejé llevar, perdí mi humanidad, no era digno de observar a tal creación. Yo era inferior, si es que existía tal punto de comparación. Yo una bacteria, ella el Sol. Caminó, se alejó. Mis ojos la acosaban, la escaneaban, delineaban meticulosamente aquel cuerpo intentando entender tal belleza. Las palabras se vuelven un suplicio, una carga, un estorbo al intentar describir lo indescriptible, luchar con la pluma a contracorriente. Intento escribir algo para lo que no existen palabras.

Voltea. Sus ojos de profundidad infinita me contemplan. Me desarma. Su angelical rostro sonríe. Retoma su camino. Se va.



“Hay momentos en que nos enamoramos de nuestras palabras.
No las dejamos ir, las volvemos nuestras, somos egoístas,
pues estamos enamorados”

Mario Ovies Gage

domingo, 3 de octubre de 2010

"Aniversario"


Dos años....

Ya van dos años de escribir en este blog, y para la ocasión, a diferencia de lo ocurrido en el primer aniversario, he editado tres de mis cuentos además de estar trabajando en sus respectivas continuaciones. En esta entrada publicaré mi segundo cuento, y uno de mis favoritos, con los respectivos links para sus continuaciones, que a mi parecer quedaron limpios de la mayor cantidad de faltas ortográficas que pude. Espero sea de su agrado.

Segundo Aniversario
"Piezas de una vida que colapsa"


Segunda parte.


“Del otro lado”




Un chirrido mortal, lluvia, truenos y relámpagos, una noche de sombras, arboles, un grito de alerta.

La lluvia fue o era como una caricia, ella no lo sabía, simplemente la sentía. Ella sabía de su propia existencia, pero no sabía ni cómo ni por qué, conocía el hecho, pero no la comprobación de tal. Simplemente estaba ahí. Se encontraba tirada, sin motivo alguno, sin razón aparente, el suelo era cómodo, como su cama, como su almohada, una comparación extraña ya que únicamente recordaba el estar ahí. Aun así era dulce recordar lo acogedor de su alcoba, el antiguo calor de un cobertor, la sensación del hogar.

Los truenos, siempre presentes interrumpían su placentera estadía en el suelo. Quería permanecer ahí, recostada en el suelo, intentando recordar esa tan añorada comodidad. No estaba mal encontrarse rodeada por ese mundo de fantasía, pero la realidad era más fuerte y su fuerza de gravedad la atraía con fuerza.

Un chirrido, lluvia, truenos, un grito lleno de dolor. Abrió los ojos. Se encontraba en el suelo, con el rostro sumido en el lodo. El peso del mundo la trajo de vuelta, se vio rodeada de la incertidumbre, alejada de golpe de su burbuja viéndose forzada a escapar, a levantarse y correr, impulsada por una fuerza interior que le devolvía la vida y las ganas de luchar por ella. La pequeña Daniela se encontró sola en el bosque, la humedad se comenzaba a elevar entre las ramas de los viejos pinos, el suelo se encontraba mojado y lleno de charcos, mientras que el cielo escondido entre las copas de los arboles aun relampagueaba.

Los aromas de un bosque nuevo salían de las pequeñas plantas que decoraban el suelo. Ignorando la belleza del bosque, la pequeña seguía ahí, rodeada por un bosque extraño, que aunque fuese un paisaje perfecto las sombras se lo ocultaban, la creciente obscuridad opacaba los nítidos colores y la vida del lugar. La niña se encontraba sin ninguna compañía, sola en un lugar desconocido, sin saber que hacer ni a donde ir, los colores exóticos se transformaban en sombras monstruosas y las zonas ocultas bajo las ramas de los grandes arboles en tumbas mortales.

Sin saber la razón de su existencia comenzó su recorrido. Le dolía el cuerpo, le sangraba el alma. Caminaba con mucho cuidado, batallando con los obstáculos que el camino le ponía, tratando de acostumbrarse al ritmo de sus pasos, se sentía una extraña en su propio cuerpo, al igual que en ese lúgubre bosque. Su espíritu estaba perdido en busca del hogar.

La noche era joven, la luna apenas comenzaba su viaje, viaje que la pequeña disfrutaba, contemplando su belleza blanca, su paz, su armonía con el entorno. La inocencia le permitía ignorar los pesares, los temores, las pesadillas y las sombras de la vida. Entre rama y rama que esquivaba, ella le sonreía al espectro nocturno, y este le devolvía energía para continuar, iluminando su camino, siendo el reflejo de un distante sol dormido.

Lechuzas y grillos conformaban una orquesta sin director, un ritmo único, del todo natural, con un público de árboles e imponentes pinos, venenosos hongos y rocas cubiertas por musgo. La inocencia se fue, se marchó sin dejar rastro, sólo trajo miedo, temor, suspenso, una desconfianza total; su sangre se congelaba con el frío nocturno, mientras su corazón luchaba por hervirla. Un latido tras otro, un eterno sonar de tambores, con altibajos causados por sombras; de ramas, de animales, ruidos, cantos, trampas de la noche. La histeria total. Aspiraba con fuerza, mientras dejaba caer por su rostro lágrimas cristalinas del dolor provocado por el miedo.

Fueron metros, quizá kilómetros, una larga distancia recorrida en cuestión de segundos, guiada por la luna ahora distante, que huía a refugiarse en la cima del mundo, escoltada por viejos robles y manzanos. Pequeños testigos observaban a la niña correr desenfrenadamente a su perdición. Las ramas atraparon el cuerpo de esa alma solitaria, la llevaron a la locura, una desquiciante histeria, creando un desbordante océano de pensamientos que acabaron por lanzarla a una calma total, sumiéndola en la oscuridad de un destino olvidado por la vida.

Pequeños universos daban lugar a millones de estrellas, estrellas como granos de arena en las dunas de un desierto, todos en un solo pensamiento, una mente perdida que se encuentra con la luz al final del túnel.

-Aun no es momento- el alma regresa. La vida del ser vuelve a ser encadenada al cuerpo donde antes moraba.

Daniela, ahí estaba, de vuelta en el mundo real, tendida ante un enorme portón de madera, tallada de un árbol milenario, de una belleza incomparable. Un decorado de oro la iluminaba, con trazos extraños de un idioma de antaño, mostrando el antiguo esplendor de una época perdida en el recuerdo de la historia. Era un viejo edificio, cubierto de hierbas y pequeños arbustos por los años de abandono. Pequeños arboles habían crecido en agujeros de las paredes y gran cantidad de maleza cubría las tejas de algunos techos. Lo que se veía a simple vista era una imponente fortaleza, hogar de antiguos reyes y emperadores. Las ramas y hojas caídas amortiguaron el golpe contra la puerta, pero fue tal la fuerza con la que se golpeó que ésta se vio forzada a darle paso a la muchacha.

Varios minutos pasaron, eternos, infinitos o incontables, no sé puede saber cuanto tiempo pasaba en la mente de Daniela ya que el tiempo es sólo una medida establecida, ajena al viaje que se daba en la mente de aquel ser. En aquel momento sus pensamientos estaban en todos lados a la vez, de nuevo en el túnel, ahora con esa luz aun más cercana, un calor acogedor pero a la vez quemante, la atraía y la ahuyentaba. Un chirrido, un grito de alerta, la lluvia, pasos, una energía desbordante.

Allí yacía tirada de nuevo, ahora con un terrible dolor de cabeza. Su vestido estaba destrozado, tenía entre los bonitos decorados manchas de lodo y sangre que ocultaba horribles moretones y cortadas. Se levantó y se acomodó el cabello que le cubría el rostro, intentaba recordar donde se encontraba. Estaba perdida eso era obvio, no había razón para meditar su situación. También estaba segura de que ésta no era la primera vez, pues ya lo había estado antes.

Una luz. Gritos. Un llanto constante de una madre en pena.

El nuevo brote de dolor la cegó, pero poco a poco fue recobrando la vista. La habitación se encontraba perfectamente iluminada. Cuadros adornaban las paredes, estantes repletos de libros, viejas armaduras, cabezas de animales, osos, tigres, cebras y toda clase de creaturas imaginables y una que otra alejada de la realidad. Bellos candelabros iluminaban coloridamente el techo, una enorme chimenea de insaciable fuego iluminaba la sala y algunos enormes vitrales con santos de la antigüedad vigilaban con caras atormentadas a la muchacha. Un fuerte ruido la despertó. La puerta se encontraba cerrada.

Su cuerpo tembló, en parte por miedo, y además por frío, ambas sensaciones recorrían su cuerpo como un solo veneno que la consumía. Al encontrarse mojada y descalza la habitación se tornó más fría y le ganó la tentación de acercarse a la chimenea. Caminó temerosa en dirección a la fuente de calor. Un rato bastó para que su cuerpo se sintiera a gusto, más una eternidad le costaría a su espíritu. Aun así los problemas se esfumaron de su línea de pensamiento, ahora en su interior pasaba de la locura temporal a la curiosidad. ¿Qué hacía en medio de la nada un enorme castillo con una chimenea encendida y un dulce café esperándola en la mesa? ¿Café? De nuevo despertó de su momentánea meditación interrumpida por el olor a café, como un volcán a punto de hacer erupción aumentaba en su interior esa naciente curiosidad. ¿Era esto real? ¿Sería todo esto un sueño? ¿Qué hacía ella ahí? ¿Quién era ella? Sabía su nombre, pero nada más.

Daniela se propuso en ese momento a responder tantas preguntas.

-Romper el hielo... ¡Sí, sí, eso haré!-

-¿Hay alguien?- Gritó esperando una respuesta. Pero no se escuchó nada. Únicamente se escuchaba el fuego devorando unos cuantos troncos recién talados.
-¡Salgan! No les haré nada-

No tenía caso volver a intentarlo, no era una muchacha tonta, sabía que algo estaba sucediendo, no debía asustarse, necesitaba ser fuerte y descubrir que es lo que pasaba en aquel extraño lugar. Con taza en mano decidió echar un vistazo. La curiosidad la consumía, lentamente era devorada por la necesidad, nació en ella la pasión por saber más del lugar en el que se encontraba. Dio un sorbo al café caliente y camino hacia lo desconocido con el estómago calientito.

La habitación era monumental, partida por la mitad por una escalera. No fue difícil tomar la decisión de por donde comenzar, la joven comenzó a subir las escaleras sosteniéndose en un barandal de madera que la decoraba, caminando sobre una bella y suave alfombra roja que la guiaba en su caminar. El contacto de sus pies descalzos con la alfombra se sentía bien, su cuerpo respondía con alegría a esto y el café que ingería le brindaba energías suficientes.

La juventud le permitió subir con agilidad una infinidad de escalones llevándola al final de estas. El piso superior era un largo pasillo, con figuras que decoraban las paredes, pequeñas linternas, mesitas con estatuillas de animalitos iluminadas por velas de colores, sillas de madera y algunos sillones de apariencia reconfortante eran algunas de las cosas que conformaban la escenografía del largo pasillo repleto de puertas, sientas de miles de puertas, millones de puertas de madera, todas iguales sin la más mínima diferencia.

Volvió a brotar ahora con más fuerza esa curiosidad por saber más acerca de ese lugar, esa curiosidad la había forzado a subir las escaleras, le había ayudado a luchar contra la incertidumbre, y ahora la impulsaba a ir a la puerta más cercana y ver que había tras ella. Daniela no ofreció ninguna resistencia, la niña en su interior tomó control. Fue corriendo a la primera puerta de la derecha, pero algo la detuvo, en el momento en que iba a tocar la manija. Este era un sentimiento nuevo o viejo tal vez. ¿Miedo sería? ¿O una curiosidad al extremo? La puerta se veía igual que las demás, aunque al observarla detenidamente de cerca, se percató de que algo en ella era distinta, muy por encima de su cabeza, de un color dorado brillante se encontraba colgando un número "1".

Un trueno, relámpagos, un choque de luz, energía recorriendo su cuerpo, un reclamo a la vida.

Ignorando la punzada de dolor, su mano acababa de girar la perilla, dejando a la puerta abrirse lentamente. La habitación frente a ella estaba bien iluminada, un fuerte rayo de sol entraba por los ventanales mientras que una ligera cortina de seda oponía resistencia inútilmente.

Había gente. Novedad. Miedo. Silencio.

-Al fin....- Su boca dio un movimiento inútil pues las palabras se rehusaron a salir. El único sonido provenía de una mecedora donde una mujer de rasgos finos tejía tarareando una conocida melodía. A su lado una niñita peinaba a su muñeca. Daniela se fijó en la habitación, en sus ocupantes, en cuadros borrosos cuyos retratados no distinguía.
-Mamí- Dijo la pequeña. -¿Cuándo va a llegar papi?-

Daniela volteó rápidamente para ver a la pequeña, su mente comenzó a dar vueltas sin parar, ¿era eso posible? Sin pensarlo comenzó a caminar hacia atrás, arrastrando los pies, una lluvia de miedos la empapó, aumentó la velocidad hasta caer. La taza cayó haciéndose añicos, los fragmentos rebotaron en el suelo, rompiendo la tensión entre los dos seres. En ese momento la niña volteó. Una mirada perdida, inocencia pura, años de inexperiencia sobre la vida misma desataron de nuevo en la muchacha esa histeria pasada, el rostro tierno de la pequeña expresaba duda, su rostro se contorsionó, la habitación daba vueltas, se desasía, esa curiosidad que había hervido en su interior se vio transformada en una torrente de pánico. Se levantó como pudo y se echó a correr hacia la puerta cerrándola de un azotón a su paso. Un remolino de ideas mezcladas con recuerdos la asfixiaba, vomitó una mezcla de bilis y cafeína, esas imágenes carecían de sentido, aun así procesos mentales ajenos a su entendimiento le permitían ver fugaces latigazos de lógica en aquellas imágenes. Tardó en recuperar la respiración y poner en orden sus ideas, el mareo seguía ahí pero el tiempo le había regalado un don, el don de la razón, del entendimiento, la cual comenzó a usar con prontitud y cierta facilidad. Decidió salir de esa pesadilla, regresar por el pasillo, bajar las escaleras, atravesar el gran salón y abrir el portón de madera, recorrer el bosque en busca de ese punto inicial, y una vez ahí, encontrar las respuestas que necesitaba lo más lejos posible de esa pesadilla del pasado.

Todo ese pensamiento lo había realizado sin despegarse de la puerta que sostenía con fuerza, la velocidad de sus pensamientos suponía una mayor madurez, la pequeña había cambiado, la experiencia, el temor sufrido, las vivencias pasadas la cambiaron, dejaba atrás la niñez, dejaba atrás muchas cosas, debía apurarse. Volteó sin pensarlo dos veces dispuesta a salir y realizar todo su plan, cuando se percató de algo. Frente a ella seguía el pasillo. ¡No era posible! Volteó sin respirar en ambas direcciones, para ver que lo único que había era un largo pasillo lleno de mesitas, sillas, sillones, cuadros, armaduras e incontable número de puertas. El lugar era el mismo, con la diferencia de la inexistencia de las escaleras. La razón se esfumaba, se evaporaba hervida por el miedo. Viró para encontrarse de nuevo con la puerta. Un nuevo número colgaba de ella "2".

Era extraño, ella había cruzado la puerta con el número uno, y al salir de la habitación se encontraba frente al dos. Su mente era traicionera, sería verdad lo que había visto en esa habitación, o sería parte de esta nueva realidad. El temor que le causaba entrar evitó que regresara, así que optó por proseguir, su nueva mente, aun por explorar, le permitía realizar pensamientos a velocidades difíciles de creer, el proceso de dejar la niñez atrás para dar paso a la mente adulta le parecía interesante. Dejar los problemas atrás y seguir con su eterno caminar le sonó lógico, factible. Era una opción o tal vez su única opción. En su interior tenía el presentimiento de que el tiempo era poco y que pronto llegaría a su fin. Así que, decidida, prosiguió.

Caminó y caminó, viendo las pequeñas mesas con gatitos de cerámica, caballos de madera, viejos ceniceros, cuadros borrosos, elefantes de piedras preciosas, insectos de colores exóticos, hasta llegar y detenerse en algo que rompía con lo monótono del pasillo, una ventana.

Primero, casi como alguien que encuentra una respuesta al dilema universal, se lanzó sobre ella para intentarla abrir. El forcejeó fue momentáneo, pronto comprendió que sería imposible abrirla. Prefirió entonces ver a través de ella. La suave y delicada lluvia que había acariciado su rostro se había convertido en una pasional tormenta, un duelo de luces y sonidos, rayos y relámpagos, una batalla de dioses. La luna se había perdido en este despertar de nuevas emociones, nuevos sentimientos, yacía oculta, reprimida por nuevas sensaciones, como parte de un pasado incierto. La pequeña Daniela había desaparecido para dejar a su paso a una mayor; consiente y racional. Apegada por su deseo a vivir se despegó de la ventana para continuar con su camino, no había más tiempo que perder. La primera puerta de la izquierda tenía un pequeño número "3". Tomando en cuenta su error anterior decidió correr para encontrar el siguiente número y así seguir hasta llegar al final. No fue mucho lo que tuvo que correr para encontrar el siguiente. De nuevo colgado en la puerta, había un pequeño número tres. No era lógico, se apresuró a pensar la joven. Regresó sobre su paso corriendo. Tres, cuatro puertas, cinco, seis y nada, no había ningún número. Se detuvo, tomó aire y volteó de nuevo. A su izquierda seguía la puerta con el número tres, el mismo sillón y la misma mesita con un pequeño elefante de jade. No había avanzado, ni avanzaría. Comprendió que este cruel lugar la obligaba a abrir esa puerta. Esa necesidad interior, pasada ya por los años, seguía ahí, renacía por la necesidad de saber más, la necesidad del complemento, la necesidad del conocer, la necesidad de girar la perilla y ver que hay más allá.

La puerta se abrió para dejar a la vista la misma habitación. El susto la dejó paralizada. Fue muy lenta su reacción, la puerta se cerró al instante. Una rápida mirada le bastó para ver los cambios. Era de noche, la luna siempre testigo de lo sucedido llevaba poco de haber comenzado su viaje, pues observaba desde la ventana. La mecedora se encontraba inmóvil en una esquina de la habitación. Un viejo librero adornaba la pared entre dos ventanas abiertas, ambas con cortinas de colores verdes y dorados. La habitación se había transformado de un cuarto a un bonito estudio con una chimenea y un gran sofá. En este se encontraba un señor sumido en las sombras, fumando un puro.
-¿Qué quieres pequeña?- Dijo con una voz grave por los años de fumar, pero suave, como la de un padre bondadoso a su hija.

-Saludarte papi-

-Ya me habías saludado. Es hora de dormir, mañana tienes clases-

-No quiero ir, quiero estar contigo-

-No te preocupes, estaré todo el día contigo cuando vuelvas- Esas palabras iban dirigidas a ella, pero la voz de la niñita no provenía de su boca, como si fuera un fantasma, un ser la atravesó, la pequeña se acercó a su padre y lo abrazó.

-Te quiero mucho-

-Y yo a ti-

La voz se hizo cenizas, el sonido del fuego se detuvo, esos seres se quedaron inmóviles en una eterna escena conmovedora. Ajena a esa historia, Daniela los observaba por un segundo de eternidad. El reloj dio las diez, la pequeña soltó a su padre.

-Tengo sueño-

-Ve a tu cuarto, en un momento estaré contigo- La niñita se alejó de su padre, abrió la puerta y se hecho a correr. Daniela la siguió, empujó la puerta y salió de regreso al pasillo. La puerta se cerró. No estaba asustada, simplemente sabía que así tenía que ser. La razón le permitía ahora concentrarse más, no actuar por instinto sino de manera preparada, meditando cada acto, sabiendo lo que hacía y hacia donde se dirigía. Se encontraba de nuevo en el pasillo, ahora de la puerta colgaba el número "4"¿Qué tan largo iría a ser este proceso? Eso no lo sabía, pero se dispuso a no esperar a que las puertas tuvieran un número, así que abrió la puerta de enfrente. No hubo ninguna sensación, ningún parar del tiempo, ni nada, simplemente se encontró parada frente a una pared, igual pintada que el demás pasillo. No la cerró, la dejó así, abrió la siguiente puerta, en esta ocasión había un pequeño cuartito, con algunas escobas y cubetas, además de algunos artículos de limpieza. La cerró con fuerza y se lanzó a la siguiente, dos puertas, tres puertas, y nada, simplemente paredes, simplemente ilusiones y fracasos que no la llevarían a nada. El cansancio y la desilusión la cansaron, dio la vuelta tras cerrar la última puerta y fue a sentarse en un sillón. Volteó a ambos lados para ver la cantidad de puertas que había abierto. Frente a ella se encontraba otra ventana. La tormenta había pasado, causando algunos estragos a su paso, pero el agua, la vida que contiene, había alimentado al bosque, permitiéndole que poco a poco se recuperara. Más allá de la cima de los arboles se encontraba la luna, su vieja amiga. Cercana a llegar a la mitad de su recorrido, seguía vigilante, observaba ahora que la juventud se iba, se alejaba poco a poco del cuerpo de Daniela, la juventud moría y daba paso a la experiencia, al conocimiento y a una pisca de sabiduría mezclada con madurez.

Una alarma empezó a sonar, Daniela se estiró, debió de quedarse dormida en tan cómodo sillón. Dormida o despierta, estaba en el mismo lugar, todo daba igual, se apresuró a buscar en la mesita el ruidoso aparato y apagar la alarma. Cuando apretó el botón el silencio retorno. Tranquilidad, paz, calma. Con el tiempo ahora distante para molestar, Daniela se propuso terminar con aquella pesadilla. La primera puerta a su derecha, la única que no había abierto de ese lado tenía colgado el número "5". Sin dudarlo y sabiendo que nada malo le pasaría, la abrió.

Sorprendida de lo que vio, dio un paso adelante cerrando la puerta. Era un nuevo pasillo, la misma alfombra roja, el mismo estilo de decorado, con la única diferencia en la iluminación. En lugar del techo de mármol, había un bello encristalado en forma de cúpula que mostraba un cielo iluminado por estrellas y por la luna, que ahora se hallaba a mitad de su viaje en la cima del firmamento. Era algo raro, al entrar en el castillo, la luna se hallaba en ese punto, tal vez, una infinidad de tiempo había pasado, o simplemente era parte de la magia de ese lugar.

De la puerta ahora había un número "10".

-¡Un cambio! Eso es bueno. Pronto llegaré- ¿Llegar a dónde? se dijo para sus adentros.

Comenzó a recorrer, esperando otra puerta con un numerito plateado. Ahí estaba a tan solo tres puertas, el pequeño y brillante "11". Abrió la puerta asustando al mismo miedo y sin titubear. Ya no era ni el pequeño cuarto ni el estudio, se encontró con un comedor al frente. Tres personas se encontraban ahí, disfrutando de sus alimentos. Una deliciosa pasta cubierta por una salsa verde, con un acompañante de cerdo ocupaba los platos. Un suave aroma corroboró lo que Daniela apreciaba con la vista. Era un manjar para sus sentidos, parecía que llevaba una vida con el estómago vacio, y a muchos años de que había tomado del café.

Una de las presentes, una señora un tanto familiar, se levantó, abrió una puerta a su izquierda y salió del comedor. Daniela tomó asiento y se puso a contemplar esperando que algo pasara. Ahora se daba cuenta que el antiguo temor era por la familiaridad de las escenas que se le presentaban, pero aun no sabía de que trataban estas, los rostros de los presentes eran borrosos pero aun así un aura de familiaridad los rodeaba. La madre regresó con una enorme jarra de agua. El señor ni se inmutó al ver el trabajo con el que ella lo llevaba. La asentó en la mesa y sin pronunciar palabras continuo comiendo. La pequeña niña se paró sobre su asiento, cogió la jarra dispuesta a servirse, al sujetarla le ganó el peso derramándola, mojando el mantel y a sus padres.

-Mira lo que has hecho- Gritó la madre.

-Perdón mami no lo hice...- Una voz cortada salió de la boca de la niñita.
-No me vengas con peros. ¿Cuántas veces te he dicho que no te pares en tu silla para coger la jarra?-

-Perdón- Por su delicado rostro corrían lágrimas de arrepentimiento.

-Nada de perdón, vas a estar castigada-

-Fue un accidente- intervino el padre. La escena se tornó tensa. El tiempo se detuvo. Una brisa fría entro por las ventanas. La puerta de la cocina se abrió lentamente. Dejando pasar a un ser blanco, de ropas relucientes de blancura, sin rostro alguno. Se acercó a la mesa y tomó asiento. Daniela no contuvo su miedo, intentó levantarse pero la silla la tenia presa, intentó gritar, de nuevo su ser la traicionaba, no se escuchó sonido alguno, estaba atrapada, en presencia de ese ser, que tenía la mirada sin rostro fija en ella.
-¿Qué te pasa Daniela? ¿Qué acaso no estás a gusto en mi morada?- Daniela sabía que en este momento si podría contestar, pero no tenía el valor, su travesía por el palacio había sido hasta ese momento tranquila. Los temores pasados no habían sido nada a comparación con lo que este ser provocaba en su interior. Ahora recuperaba ese temor que la había persiguió por el bosque. Una fuerza interior le dijo que ese era el momento. Empujando la silla hacia atrás logró librarse del embrujo, arrastrándose primero hasta recobrarse, levantarse y correr hacia la puerta. Las figuras borrosas cobraron formas delineadas, entendibles. Su madre, su padre, todos de un pasado distante. No quería saber nada, cerró la puerta a sus espaldas. Alguien tocó la puerta. Sabía quien era, primero muerta a soltar la perilla. Se escuchó de nuevo a ese ser tocando la puerta pero esta vez acompañada por un susurró.

-Ya casi es hora, regresa Dani, regresa- Eso fue la gota que derramó el vaso, su paciencia estalló, sobrepasó el limite de pánico soportable para un ser, fue lo necesario para que soltara la puerta, dejando atrás la número once corrió a gran velocidad, todo era borroso a su alrededor, se lanzó sobre la primera puerta con la que se topó, de nuevo la cerró con fuerza.

Nuevamente se encontraba en el pasillo poco iluminado con el número "6" colgando arriba de ella. Un número más, un número menos, ahora sabía que algo la seguía. Continuar era la respuesta obvia, pero antes tenía que hacer la lucha, asegurarse de que esa creatura sin rostro no la siguiera. Se acercó a la mesita más cercana, pensando en moverla y detener el paso de la creatura. A un lado de una linterna se encontraba un pequeño objeto brillante, una pequeña llave. Eso era algo nuevo, antes había estado el despertador, no creyendo en la casualidad la agarró y continuó su camino olvidando por un instante a la creatura.

Rápido encontró lo que buscaba. La puerta número "7". No se demoró, ni lo pensó, ni meditó, simplemente su mano ya estaba girando la perilla.

Un choque, dos choques, una luz, gritos, truenos, la lluvia acariciando un cuerpo. El aire, el lodo, la tierra, todo da vueltas, una energía desbordante, un grito.

La puerta estaba abierta. Dio un paso al frente dejándola así, en ella ahora colgaba un reluciente número "8". La habitación estaba a oscuras. Iluminada tan solo por la luz de una computadora. Un muchacho se encontraba sentado frente a ella cuando se percató de la presencia de la extraña.

-Ya era hora de que llegaras-

-¿Cómo?- Dijo ella perpleja.

-Te esperaba hace tiempo. Ya es muy tarde, en unas horas amanecerá-

-Estaba perdida-

-¿Perdida dices? ¿Está perdido el que sabe que hacer y a donde ir? Yo no creo que estés perdida-

-¿Cómo sabes todo eso?-

-No lo sé. Pero si te puedo preguntar ¿cómo llegaste hasta aquí?-

-Cruzando una puerta-

-Ya vez, si sabes que es lo que tienes que hacer-

-Pero... -Titubeo, sabía que ese muchacho tenía razón. -Tengo miedo-

-¿Miedo a continuar? ¿Miedo a terminar con esta pesadilla? ¿Miedo acaso a saber la verdad, a saber lo que hay detrás de la puerta?-

-Sí-

-A eso nunca hay que temerle, vamos, debes de continuar- El muchacho se acercó a ella y le dio un abrazo. –Se fuerte Dani- Le besó la frente.

-¿Si debo continuar, por qué me esperabas?-

-Tenía que verte antes de terminar, por cierto gracias por venir. Ahora que ya sabes lo que tienes que hacer debes irte, ya casi es hora. Yo igual debo terminar-

No fue fácil salir, la habitación tenía un aire de comodidad y familiaridad, pero ya era tarde, no era el momento de descansar, pronto llegaría el momento, pero por ahora lo primordial era terminar lo que había iniciado. Cerró la puerta. Se encontró de nuevo en el pasillo iluminado por el encristalado. La luna ya no se podía ver, el cielo se encontraba perfectamente iluminado por miles de estrellas. A su izquierda vio 7 puertas, todas con un numerito brillante que ella ya conocía. Al fondo las escaleras llevaban al portón de madera, abierto, dejando entrar el agua de la tormenta. Ella sabía que ese no era el camino, el camino se encontraba a su derecha, a unos cuantos pasos. Al final del pasillo se encontraba la última de las puertas con el número "9".

La puerta ya estaba abierta, solamente fue cuestión de empujarla. La siguiente no era una habitación, era el inicio de una escalera de caracol. El tiempo transcurrido había deteriorado a Daniela, ahora ya una mujer adulta, que al ver la infinidad de escaleras suspiró, respiró profundo y tomando toda su fuerza interior comenzó a subir las escaleras. Subir y subir, escalón tras escalón, un eterno subir, el tiempo pasaba, los errores del pasado la habían agotado, pronto ya no pudo más, la chispa de vida se agotaba, la edad la alcanzó y pronto la rebasó. El tiempo tomó venganza, cobró los favores de la juventud, la anciana se arrastraba por los escalones. Uno tras otro, poca era la fuerza que quedaba en ella. Estaba pronta a extinguirse la llama, hasta que, la vio, era una luz, la misma luz que la había motivado.

Un choque, dos choques. Truenos, Lluvia. Otro choque. Un lamento. La luz. La resplandeciente luz que la incitaba a continuar.

De nuevo tenía fuerzas, de nuevo tenía vida, había perdido la razón del tiempo y de su existencia, de nuevo era una niña, esa pequeña que había corrido por el bosque como un rayo que cae a la tierra, era esa joven que cruzó por las puertas del tiempo, esa mujer que enfrentó a sus temores, aquella anciana que lucho contra el final. Su mano estaba aferrada a la perilla de la puerta final. Con fuerza la giro. Nada. Le dio para un lado y para el otro. Nada. Comenzó a llorar. Tanto para nada. Sollozaba.

Luz, una luz intensa. Levantó la mirada y vio un signo de infinito. Era el final, se acordó entonces de la pequeña llave, una respuesta del pasado que en su momento había carecido de sentido. Una sonrisa se dibujo entre las lágrimas. Sacó la llave y la metió en la perilla. La puerta se abrió. Reía de júbilo.

Una rica brisa acarició su rostro, limpiándole las lagrimas, su vestido, las heridas de la vida, apagando la llama del dolor, el incendio de la incertidumbre, el volcán del pánico.

-Pasa por favor- El ser blanco la estaba esperando recargado en el barandal de un balcón. -Ésta es la torre más alta de mi castillo, la morada final de tu destino, la respuesta a tus preguntas-

Daniela permaneció en silencio.

-Ven, acércate, necesito que veas algo-

Era hora de enfrentar a su miedo, su miedo a perder lo más preciado, la vida. Recorrió la habitación, una clase de observatorio circular, rodeado de ventanales y una enorme cúpula que dejaba caer un hermoso candelabro. Daniela recorrió el lugar de manera decidida, lista para enfrentar al destino, lista para lo que sea, en parte con la ingenuidad de un niño, en parte con la madurez de un adulto y la sabiduría del anciano. Ya no le temía al ser sin rostro. Se acercó. Contemplándolo frente a frente. No tenía rostro, no tenía facción alguna, simplemente era una forma humana, cabeza, brazos y piernas, cubierto por una capa blanca con capucha.

-Estoy lista-

-Lo sé-

A sus pies pudo observar el bosque y a lo lejos una carretera. La luna se había ido, su eterno vigía se había marchado, el amanecer estaba próximo.

Había dormido un par de horas en el asiento trasero de la camioneta. Algo la había despertado, un ruido molesto, unas voces conocidas, el pasar de los coches, las luces del camino.
-¿Mami, qué sucede?- Dijo con una voz del que aun está dormido.

-No pasa nada hijita, vuélvete a dormir- Contestó su padre con una voz tranquilizadora.

-¿Cómo que no pasa nada, no le quieres decir la verdad?, entonces yo se la diré- Le reclamó su madre en un tono cortado.

-Deja que se duerma, no quiero seguir discutiendo-

-¿Si no es ahora, entonces cuándo? Nunca estás, si dices que la quieres tanto por qué nunca estas con nosotros-

-Tengo mucho trabajo. Estoy muy ocupado, si no fuera por mi, otra sería la situación-

-Eso no es pretexto para que me engañes con otra-

-No vuelvas a empezar con eso, ya te dije que fue lo que pasó-

-¿Qué fue lo que pasó? ¿Quieres que me crea lo que dijiste?, di la verdad, ¿o igual le mentiras a tu hija?-

-¡Suficiente!, no tengo que rendirte cuentas-

Su padre comenzó a acelerar. El sonido de los coches que pasaban era estruendoroso.
-¿Qué pasa papi? ¿Por qué llora mami?-

Un silencio total, únicamente interrumpido por el pasar de otro coche a alta velocidad.
-No pasa nada Dani, duérmete ya- Con la mano temblorosa, encendió la estéreo metiendo un cd.

"Once upon a time, there was a tavern
Where we used to raise a glass or two."

-Pones la música como si nada pasara...- Dijo su madre elevando el tono.

"Remember how we laughed away the hours,
Think of all the great things we would do?"

Movió su mano para apagarla, pero su padre la puso antes y le subió el volumen. Una luz se vio a lo lejos. Comenzó a llover.

"Those were the days, my friend!

We thought they'd never end.

We'd sing and dance forever and a day."

-¿Me vas a ignorar como si nada?- Dijo totalmente desconcertada su madre, como si no entendiera lo que hacía su esposo.

-¿Qué quieres que haga? ¿Qué me detenga?-

"We'd live the life we'd choose.

We'd fight and never lose.

Those were the days, oh yes those were the days!"

Un segundo bastó, una luz cegadora, el coche empezó a frenar pero estos no respondieron, el suelo se encontraba empapado, un golpe, el coche giró. Una luz deslumbrante, un chirrido mortal, la lluvia, truenos y relámpagos, una noche de sombras, arboles, un grito de alerta.

-Estoy lista-

-Lo sé-

El Sol salía en el horizonte calentando la tierra a su paso. Las puntas de las montañas brillaban. La creatura y la pequeña contemplaban el horizonte. Una rica brisa con olor a pinos, con olor a vida, acarició su rostro, cerrando la puerta.

-1,2,3- Un choque, la sirena, paramédicos corriendo.

-1,2,3- Un trueno, relámpagos, un choque de luz.

-1,2,3,¿Respira?- Se escuchó como un suspiro.

"Reescribir la historia nos permite corregir
los errores del pasado, con la idea en
mente, de nunca volveros a cometer"

Por Mario Ovies Gage